Mudando de cielo
sábado, 12 de febrero de 2011
Se renueva mi fe en la sociedad italiana!
jueves, 10 de febrero de 2011
No passsssa nada
lunes, 7 de febrero de 2011
El universo no me deja estudiar
En mi cuarto no hay luz y hace un frío gélido.
En la cocina hay siempre gente/ruido.
No, no hay salita ni salón.
He intentado estudiar en el baño (verídico), pero aunque hace calorcito es incómodo al cabo de un rato (si mi abuela lee esto, llora).
La biblioteca cierra a las 17.30. Entre que terminas de comer, te arreglas y pillas las cosas... ya no te merece la pena ir.
Cuando voy a la biblioteca me encuentro a mil gente y no estudio; y si no encuentro a nadie me hago amiga del bibliotecario que me regala libros de poesías suyas (attttenzione!! poesías sobre Sevilla!! Hola?).
Cuando no voy a la biblioteca y me conciencio para estudiar en casa, me llama todo Cassino, erasmus y no erasmus, para salir/charlar/saber de otra gente. Y aunque resista a sus tentaciones (y no siempre lo hago, lo confieso), me hacen retrasar el momento de ponerme delante de los apuntes.
Cuando digo “ya vale” y me decido a estudiar en casa y bien, tengo que ponerme dos lámparas en la mesita de noche, un chaquetón y una manta (verídico).
Y entonces es el día que mi compañero de piso no trabaja y decide liarla en la cocina con música a jierro.
:)
Fdo, La niña que pese a todo está sacando 28s y 30s.
domingo, 6 de febrero de 2011
Aviso... y tardía declaración de intenciones bloggeras
martes, 16 de noviembre de 2010
Cerca del hogar
No es ningún secreto que aquí, en Italia, estoy contentísima. Me va bastante bien. Que tengo amigos, que me lo paso bien, que salgo de fiesta. Pero cuando de repente haces una ventanita en tu rutina para asomarte a lo que era tu vida de antes, entonces es cuando te das cuenta de lo que echabas de menos todo eso.
Los amigos de los viernes. Impertérritos, como una certeza absoluta, y esperando con los brazos abiertos.
Los 20 grados de Sevilla y ese cielo que parece no haber visto nunca una nube.
Las risas y los chistes de los primos, el abrazo tan puro que te dan.
El zumo de melocotón al sol con “ellas”, saber que por mucho tiempo que pase, podemos ponernos al día en un rato.
El olor de la camisa de “él”, que me transporta a otros días, a otros abrazos.
Las comidas con mi familia, las de un día cualquiera, las de un día especial. Da igual, en todas acabamos riéndonos.
Mis “niños” de Confirmación, que ya no son tan niños, y que han dado ese paso tan importante convencidos e ilusionados.
Demasiadas alegrías en tan poco tiempo; aún las estoy digiriendo.
Pensé que después de un fin de semana así, me resultaría difícil volver a “casa”. Pero me recibieron con pasta al ragú, una tarta de coco y abrazos. Así que creo que he llegado a un equilibrio perfecto en el que me siento querida a la ida y a la vuelta (dos conceptos que empiezo a confundir...).
La conclusión es que tengo las pilas cargadísimas y muchas, muchas razones para decir
GRACIAS.
A todos.
domingo, 10 de octubre de 2010
I love(d) mi bike
Me gustaba mi bici. Me la regalaron mis padres al acabar 1º de carrera (en mi casa se sigue estilando aquello del “regalo por las notas”, como cuando éramos pequeñas). Llevaba un tiempo queriendo una bici de paseo, y me encapriché de esta en concreto cuando se la vi a una amiga. Era rosa.
Durante mucho tiempo, casi dos años, no la usé para nada. Tuve pequeños arranques, coqueteos, pero acababan mal... o rueda pinchada o caída o “me he comido todas las farolas posibles”. Sí, soy torpe.
Pero fui cogiéndole el gustillo. Comencé a verla como una alternativa al bus, y empecé a moverme con ella de verdad. En cuarto de carrera empecé a ir todos los días a la universidad en bici + metro. Era mucho más rápido y me encantaba salir tempranito de casa y cogerla, con el fresquito de la mañana en el pelo.
Se fue convirtiendo en un vicio. Para salir de noche me parecía la opción perfecta. También iba de compras con ella (las bolsas en el manillar), y alguna visita al Mercadona he hecho con ella (la compra en la cesta delantera a punto de rebosar). Le pillé el tranquillo a pedalear con tacones y cuñas e, increíblemente, me acabó pareciendo más cómodo que hacerlo plana.
Cuando fui a Florencia me traje una pegatina roja de la flor de lis (símbolo de la ciudad) para pegarla en el cuadro. Rosa y rojo, puñetazo en el ojo. Pues no. Me encantaba como quedaba. Después encontré aquel timbre tan repipi, “I love mi bike”. Pero es que en ese período la amaba de verdad.
La cesta se empezó a cansar de cargar diariamente con mis bolsos, la mayoría de los días grandes y pesados. Libros de la biblioteca, bolsas, chaquetas... hicieron que los tornillos cedieran, y la cesta traqueteaba desde hacía tiempo. “A ver cuando aprieto la cesta...”.
Los frenos también pedían a gritos que los revisara. Paulatinamente fueron dejando de hacer su trabajo. Uno de ellos de jubiló al 100%, y el otro había que apretarlo hasta el fondo para que hiciera un mínimo efecto. Un día le dejé la bici a un amigo para dar una vuelta y estuvo a punto de matarse porque yo no caí en avisarle de este pequeño detalle...
“Tengo que encontrar tiempo para arreglar los frenos”...
Y las ruedas. Las ruedas me traían de cabeza. Se me pinchaban cada dos por tres. Es sorprendente que hasta septiembre de este año no aprendiera a cambiar la cámara yo sola, pero siempre había contado con ayuda y me había apoltronado un poco. Hasta este verano, que dije: “se acabó, esta vez cambio yo las ruedas”.
Sí, este verano. El mismo verano de los picnics (poco presupuesto y un poco de imaginación fueron los detonantes), que montábamos en cualquier sitio donde pudiéramos llegar en bici. La suya negra, preciosa, y la mía rosa. Hacían buena pareja y todo, leñe. Tiradas en la hierba como nosotros, esperando al sol.
Cuando este verano veía que se iba acercando el momento de irme a Italia, pensé que la iba a echar de menos. Me había acostumbrado a ella para todo. Así que mis últimos días en Sevilla la estuve exprimiendo al máximo.
Dos días antes de irme, fui a casa de mi abuela, en los Remedios, con mi bici. Parece el cuento de Caperucita... lo malo es que me topé con el lobo. Cuando, ya por la tarde y en la Buhaira, salí de una heladería donde había estado con mis niños de catequesis, no pude creer lo que veía. O lo que no veía. No veía mi bici donde la había dejado amarrada. Veía mi pitón en el suelo, rota. Me fui acercando sin poder o sin querer darme cuenta de lo que pasaba. La pitón masacrada parecía un cuerpo inerte de algo que en algún momento tuvo vida. Lo más surrealista es que, junto al cadáver de la pitón, había una bici que no era la mía. Y estaba sin amarrar. En fin...
Alguien se había llevado mi bici. Alguien, a plena luz del día, en plena avenida de la Buhaira en Sevilla, se había llevado una bici. Una bici rosa, cursi como ella sola, con las ruedas un poco desinfladas, los frenos flojísimos, y la cesta y el trasportín bailarines a más no poder.
No era muy cara, claro que no. En X sitio las tienen ahora a Y euros, claro que sí. Pero esa no será mi bici.
A veces concedemos a los objetos una plusvalía, un valor por encima de su coste original y material. La plusvalía que tenía esta bici era que yo había cambiado mucho sobre esas dos ruedas. Los últimos años, que coinciden con la época en que la empecé a usar con asiduidad, han sido importantes y hermosos para mí. Años de crecimiento, de maduración. Sobre esa bici he pensado mucho. He cantado y hasta creo haber llorado.
Así que no solo me han robado una bici rosa y cursi, que traqueteaba y no frenaba... también me han robado eso. Y ha tenido que suceder para, finalmente, darme cuenta de por qué me gustaba mi bici.
martes, 28 de septiembre de 2010
viaja-aprende-crece
